
Usted podrá no estar de acuerdo conmigo, pero en la política es común ver cómo algunas personas solo se acercan al político cuando este ostenta una posición de poder. Mientras hay beneficios, se muestran como los más leales, los más comprometidos, los que “siempre han estado ahí”. Sin embargo, esa supuesta lealtad empieza a desvanecerse tan pronto cambia el panorama.
Cuando ese funcionario es degradado o deja el cargo, muchos de esos “leales” desaparecen. Dejan de llamar, de visitar, de apoyar. Bajan su nivel de compromiso, y peor aún: comienzan a buscar defectos y a señalar errores de una gestión de la que ellos mismos fueron parte. Se olvidan que caminaron ese proceso, que se les dio apoyo, voz y oportunidades para crecer y construir un liderazgo.
Pero su visión siempre fue limitada: pensaron en ellos, en sus intereses, en su familia, en lo que podían sacar. Nunca pensaron en el colectivo, en la misión, ni en el verdadero sentido de la palabra lealtad.
La lealtad no se demuestra en los momentos de bonanza, sino cuando las aguas se agitan. Es en las crisis donde se separa el político comprometido del oportunista disfrazado.
En política, como en la vida, hay que aprender a distinguir entre quien camina contigo por convicción y quien lo hace por conveniencia.




