
Por: Ingrid Ventura
Decir adiós nunca es fácil, pero cuando se vuelve necesario, postergarlo solo profundiza la herida. Hay despedidas que no nacen de la falta de amor, sino del exceso de dolor. Separarse después de años de relación, quedarse queriendo como el primer día y aun así tener que soltar, es una de las experiencias más duras que puede vivir el alma humana. No es una decisión ligera ni impulsiva; es un proceso silencioso, lleno de noches largas, lágrimas contenidas y un corazón que aprende a resistir mientras se rompe.
Quien se separa por una infidelidad rara vez lo hace por la primera. Se va por el cansancio de perdonar, por el desgaste de creer una y otra vez en promesas que se repiten y se rompen. Se va después de años de preparación emocional, cuando el amor todavía existe, pero la dignidad ya no soporta más. Porque duele amar a alguien que falla constantemente, duele vivir perdonando mientras el otro reincide, y ese dolor no solo quiebra el corazón: agrieta el alma, hace temblar los huesos y deja cicatrices que no siempre se ven.
Dejar un amor sin dejar de querer duele como la muerte de un ser amado. Al principio el dolor invade todo, incluso el alma, pero con el tiempo se aprende a vivir con él. Los minutos, las horas, los meses y los años terminan guardandolo en lo más profundo del corazón, donde parece dormido, pero nunca del todo olvidado. Por eso es vital prepararse para soltar sin mirar atrás, porque quien no se cansa de engañar, no cambiará jamás, y quedarse esperando solo prolonga un sufrimiento que no merece eternidad.




